miércoles, 5 de octubre de 2011

Recomendado: Alí Babá y los 40 Ladrones

ALI BABA Y LOS 40 LADRONES
ANÓNIMO
Fragmento:

«Había una vez un señor que se llamaba Alí Babá y que tenía un hermano que se llamaba Kassim. Alí
Babá era honesto, trabajador, bueno, leñador y pobre. Kassim era deshonesto, haragán, malo, usurero y rico.
Alí Babá tenía una esposa, una hermosa criada que se llamaba Luz de la Noche, varios hijos fuertes y tres
mulas. Kassim tenía una esposa y muy mala memoria, pues nunca se acordaba de visitar a sus parientes, ni
siquiera para preguntarles si se encontraban bien o si necesitaban algo. En realidad no los visitaba para que
no le salieran pidiendo algo.»

martes, 4 de octubre de 2011

En el siglo XXIX, un día de un periodista norteamericano en el año 2889 - JULIO VERNE

Los hombres de este siglo XXIX viven en medio de una hechicería continua, sin parecer   darse   cuenta   de   ello;   abrumados   de   maravillas,   permanecen   fríos   e indiferentes ante las que el progreso les aporta cada día; todo les parece natural; si la comparasen con el pasado, apreciarían mejor nuestra civilización y se darían cuenta del  camino  recorrido.  ¡Cuánto  más  admirables  les  parecerían  nuestras  ciudades modernas,  con  calles  de  cien  metros  de  anchas,  con  casas  de  trescientos  metros  de altura, con la temperatura siempre igual y surcado el cielo por millares de aerocoches  y aerómnibus!

Aforismos de Nietzsche

de Nietzsche, Friedrich

«AL LECTOR
Quienquiera que tú seas, amado extranjero, que por primera vez encuentro, entrégate al encanto de
esta  hora  y  del  silencio  que  nos  rodea  por  todas partes, y deja que te refiera un pensamiento que se
eleva  ante  mí  y  que  quisiera  arrojar  su  luz  sobre  ti como  sobre  cualquier  otro,  igual  que  una  estrella,
porque  ésta  es  la  misión  de  las  estrellas.  El  eterno retorno.»

lunes, 3 de octubre de 2011

Crimen y Castigo de Fedor Dostoiewski

Fragmento:

« I

Una tarde extremadamente calurosa de principios de julio, un joven salió de la reducida habitación que tenía alquilada en la callejuela de S... y, con paso lento e indeciso, se dirigió al puente K...
Había tenido la suerte de no encontrarse con su patrona en la escalera.
Su cuartucho se hallaba bajo el tejado de un gran edificio de cinco pisos y, más que una habitación, parecía una alacena. En cuanto a la patrona, que le había alquilado el cuarto con servicio y pensión, ocupaba un departamento del piso de abajo; de modo que nuestro joven, cada vez que salía, se veía obligado a pasar por delante de la puerta de la cocina, que daba a la escalera y estaba casi siempre abierta de par en par. En esos momentos experimentaba invariablemente una sensación ingrata de vago temor, que le humillaba y daba a su semblante una expresión sombría. Debía una cantidad considerable a la patrona y por eso temía encontrarse con ella. No es que fuera un cobarde ni un hombre abatido por la vida. Por el contrario, se hallaba desde hacía algún tiempo en un estado de irritación, de tensión incesante, que rayaba en la hipocondría. Se había habituado a vivir tan encerrado en sí mismo, tan aislado, que no sólo temía encontrarse con su patrona, sino que rehuía toda relación con sus semejantes. La pobreza le abrumaba. Sin embargo, últimamente esta miseria había dejado de ser para él un sufrimiento. El joven había renunciado a todas sus ocupaciones diarias, a todo trabajo.
En el fondo, se mofaba de la patrona y de todas las intenciones que pudiera abrigar contra él, pero detenerse en la escalera para oír sandeces y vulgaridades, recriminaciones, quejas, amenazas, y tener que contestar con evasivas, excusas, embustes... No, más valía deslizarse por la escalera como un gato para pasar inadvertido y desaparecer.
Aquella tarde, el temor que experimentaba ante la idea de encontrarse con su acreedora le llenó de asombro cuando se vio en la calle.
«¡Que me inquieten semejantes menudencias cuando tengo en proyecto un negocio tan audaz!  pensó con una sonrisa extraña . Sí, el hombre lo tiene todo al alcance de la mano, y, como buen holgazán, deja que todo pase ante sus mismas narices... Esto es ya un axioma... Es chocante que lo que más temor inspira a los hombres sea aquello que les aparta de sus costumbres. Sí, eso es lo que más los altera... ¡Pero esto ya es demasiado divagar! Mientras divago, no hago nada. Y también podría decir que no hacer nada es lo que me lleva a divagar. Hace ya un mes que tengo la costumbre de hablar conmigo mismo, de pasar días enteros echado en mi rincón, pensando... Tonterías... Porque ¿qué necesidad tengo yo de dar este paso? ¿Soy verdaderamente capaz de hacer... "eso"? ¿Es que, por lo menos, lo he pensado en serio? De ningún modo: todo ha sido un juego de mi imaginación, una fantasía que me divierte... Un juego, sí; nada más que un juego.»
El calor era sofocante. El aire irrespirable, la multitud, la visión de los andamios, de la cal, de los ladrillos esparcidos por todas partes, y ese hedor especial tan conocido por los petersburgueses que no disponen de medios para alquilar una casa en el campo, todo esto aumentaba la tensión de los nervios, ya bastante excitados, del joven. El insoportable olor de las tabernas, abundantísimas en aquel barrio, y los borrachos que a cada paso se tropezaban a pesar de ser día de trabajo, completaban el lastimoso y horrible cuadro. Una expresión de amargo disgusto pasó por las finas facciones del joven. Era, dicho sea de paso, extraordinariamente bien parecido, de una talla que rebasaba la media, delgado y bien formado. Tenía el cabello negro y unos magníficos ojos oscuros. Pronto cayó en un profundo desvarío, o, mejor, en una especie de embotamiento, y prosiguió su camino sin ver o, más exactamente, sin querer ver nada de lo que le rodeaba.
De tarde en tarde musitaba unas palabras confusas, cediendo a aquella costumbre de monologar que había reconocido hacía unos instantes. Se daba cuenta de que las ideas se le embrollaban a veces en el cerebro, y de que estaba sumamente débil.
Iba tan miserablemente vestido, que nadie en su lugar, ni siquiera un viejo vagabundo, se habría atrevido a salir a la calle en pleno día con semejantes andrajos. Bien es verdad que este espectáculo era corriente en el barrio en que nuestro joven habitaba.
La vecindad del Mercado Central, la multitud de obreros y artesanos amontonados en aquellos callejones y callejuelas del centro de Petersburgo ponían en el cuadro tintes tan singulares, que ni la figura más chocante podía llamar a nadie la atención.
Por otra parte, se había apoderado de aquel hombre un desprecio tan feroz hacia todo, que, a pesar de su altivez natural un tanto ingenua, exhibía sus harapos sin rubor alguno. Otra cosa habría sido si se hubiese encontrado con alguna persona conocida o algún viejo camarada, cosa que procuraba evitar.
Sin embargo, se detuvo en seco y se llevó nerviosamente la mano al sombrero cuando un borracho al que transportaban, no se sabe adónde ni por qué, en una carreta vacía que arrastraban al trote dos grandes caballos, le dijo a voz en grito:
 ¡Eh, tú, sombrerero alemán!
Era un sombrero de copa alta, circular, descolorido por el uso, agujereado, cubierto de manchas, de bordes desgastados y lleno de abolladuras. Sin embargo, no era la vergüenza, sino otro sentimiento, muy parecido al terror, lo que se había apoderado del joven.
 Lo sabía  murmuró en su turbación , lo presentía. Nada hay peor que esto. Una nadería, una insignificancia, puede malograr todo el negocio. Sí, este sombrero llama la atención; es tan ridículo, que atrae las miradas. El que va vestido con estos pingajos necesita una gorra, por vieja que sea; no esta cosa tan horrible. Nadie lleva un sombrero como éste. Se me distingue a una versta a la redonda. Te recordarán. Esto es lo importante: se acordarán de él, andando el tiempo, y será una pista... Lo cierto es que hay que llamar la atención lo menos posible. Los pequeños detalles... Ahí está el quid. Eso es lo que acaba por perderle a uno...
No tenía que ir muy lejos; sabía incluso el número exacto de pasos que tenía que dar desde la puerta de su casa; exactamente setecientos treinta. Los había contado un día, cuando la concepción de su proyecto estaba aún reciente. Entonces ni él mismo creía en su realización. Su ilusoria audacia, a la vez sugestiva y monstruosa, sólo servía para excitar sus nervios. Ahora, transcurrido un mes, empezaba a mirar las cosas de otro modo y, a pesar de sus enervantes soliloquios sobre su debilidad, su impotencia y su irresolución, se iba acostumbrando poco a poco, como a pesar suyo, a llamar «negocio» a aquella fantasía espantosa, y, al considerarla así, la podría llevar a cabo, aunque siguiera dudando de sí mismo.
Aquel día se había propuesto hacer un ensayo y su agitación crecía a cada paso que daba. Con el corazón desfallecido y sacudidos los miembros por un temblor nervioso, llegó, al fin, a un inmenso edificio, una de cuyas fachadas daba al canal y otra a la calle. El caserón estaba dividido en infinidad de pequeños departamentos habitados por modestos artesanos de toda especie: sastres, cerrajeros... Había allí cocineras, alemanes, prostitutas, funcionarios de ínfima categoría. El ir y venir de gente era continuo a través de las puertas y de los dos patios del inmueble. Lo guardaban tres o cuatro porteros, pero nuestro joven tuvo la satisfacción de no encontrarse con ninguno.
Franqueó el umbral y se introdujo en la escalera de la derecha, estrecha y oscura como era propio de una escalera de servicio. Pero estos detalles eran familiares a nuestro héroe y, por otra parte, no le disgustaban: en aquella oscuridad no había que temer a las miradas de los curiosos.
«Si tengo tanto miedo en este ensayo, ¿qué sería si viniese a llevar a cabo de verdad el "negocio"?», pensó involuntariamente al llegar al cuarto piso.
Allí le cortaron el paso varios antiguos soldados que hacían el oficio de mozos y estaban sacando los muebles de un departamento ocupado  el joven lo sabía  por un funcionario alemán casado.
«Ya que este alemán se muda -se dijo el joven , en este rellano no habrá durante algún tiempo más inquilino que la vieja. Esto está más que bien.»
Llamó a la puerta de la vieja. La campanilla resonó tan débilmente, que se diría que era de hojalata y no de cobre. Así eran las campanillas de los pequeños departamentos en todos los grandes edificios semejantes a aquél. Pero el joven se había olvidado ya de este detalle, y el tintineo de la campanilla debió de despertar claramente en él algún viejo recuerdo, pues se estremeció. La debilidad de sus nervios era extrema.
Transcurrido un instante, la puerta se entreabrió. Por la estrecha abertura, la inquilina observó al intruso con evidente desconfianza. Sólo se veían sus ojillos brillando en la sombra. Al ver que había gente en el rellano, se tranquilizó y abrió la puerta. El joven franqueó el umbral y entró en un vestíbulo oscuro, dividido en dos por un tabique, tras el cual había una minúscula cocina. La vieja permanecía inmóvil ante él. Era una mujer menuda, reseca, de unos sesenta años, con una nariz puntiaguda y unos ojos chispeantes de malicia. Llevaba la cabeza descubierta, y sus cabellos, de un rubio desvaído y con sólo algunas hebras grises, estaban embadurnados de aceite. Un viejo chal de franela rodeaba su cuello, largo y descarnado como una pata de pollo, y, a pesar del calor, llevaba sobre los hombros una pelliza, pelada y amarillenta. La tos la sacudía a cada momento. La vieja gemía. El joven debió de mirarla de un modo algo extraño, pues los menudos ojos recobraron su expresión de desconfianza.
 Raskolnikof, estudiante. Vine a su casa hace un mes  barbotó rápidamente, inclinándose a medias, pues se había dicho que debía mostrarse muy amable.
 Lo recuerdo, muchacho, lo recuerdo perfectamente  articuló la vieja, sin dejar de mirarlo con una expresión de recelo.
 Bien; pues he venido para un negocillo como aquél  dijo Raskolnikof, un tanto turbado y sorprendido por aquella desconfianza.
«Tal vez esta mujer es siempre así y yo no lo advertí la otra vez», pensó, desagradablemente impresionado.
La vieja no contestó; parecía reflexionar. Después indicó al visitante la puerta de su habitación, mientras se apartaba para dejarle pasar.
 Entre, muchacho.
La reducida habitación donde fue introducido el joven tenía las paredes revestidas de papel amarillo. Cortinas de muselina pendían ante sus ventanas, adornadas con macetas de geranios. En aquel momento, el sol poniente iluminaba la habitación.
«Entonces  se dijo de súbito Raskolnikof , también, seguramente lucirá un sol como éste.»
Y paseó una rápida mirada por toda la habitación para grabar hasta el menor detalle en su memoria. Pero la pieza no tenía nada de particular. El mobiliario, decrépito, de madera clara, se componía de un sofá enorme, de respaldo curvado, una mesa ovalada colocada ante el sofá, un tocador con espejo, varias sillas adosadas a las paredes y dos o tres grabados sin ningún valor, que representaban señoritas alemanas, cada una con un pájaro en la mano. Esto era todo.
En un rincón, ante una imagen, ardía una lamparilla. Todo resplandecía de limpieza.
«Esto es obra de Lisbeth», pensó el joven.
Nadie habría podido descubrir ni la menor partícula de polvo en todo el departamento.
«Sólo en las viviendas de estas perversas y viejas viudas puede verse una limpieza semejante», se dijo Raskolnikof. Y dirigió, con curiosidad y al soslayo, una mirada a la cortina de indiana que ocultaba la puerta de la segunda habitación, también sumamente reducida, donde estaban la cama y la cómoda de la vieja, y en la que él no había puesto los pies jamás. Ya no había más piezas en el departamento.
 ¿Qué desea usted?  preguntó ásperamente la vieja, que, apenas había entrado en la habitación, se había plantado ante él para mirarle frente a frente.
 Vengo a empeñar esto.
Y sacó del bolsillo un viejo reloj de plata, en cuyo dorso había un grabado que representaba el globo terrestre y del que pendía una cadena de acero.
 ¡Pero si todavía no me ha devuelto la cantidad que le presté! El plazo terminó hace tres días.
 Le pagaré los intereses de un mes más. Tenga paciencia.
 ¡Soy yo quien ha de decidir tener paciencia o vender inmediatamente el objeto empeñado, jovencito!
 ¿Me dará una buena cantidad por el reloj, Alena Ivanovna?
 ¡Pero si me trae usted una miseria! Este reloj no vale nada, mi buen amigo. La vez pasada le di dos hermosos billetes por un anillo que podía obtenerse nuevo en una joyería por sólo rublo y medio.
 Deme cuatro rublos y lo desempeñaré. Es un recuerdo de mi padre. Recibiré dinero de un momento a otro.
 Rublo y medio, y le descontaré los intereses.
 ¡Rublo y medió!  exclamó el joven.
 Si no le parece bien, se lo lleva.
Y la vieja le devolvió el reloj. Él lo cogió y se dispuso a salir, indignado; pero, de pronto, cayó en la cuenta de que la vieja usurera era su último recurso y de que había ido allí para otra cosa.
 Venga el dinero  dijo secamente.
La vieja sacó unas llaves del bolsillo y pasó a la habitación inmediata.
Al quedar a solas, el joven empezó a reflexionar, mientras aguzaba el oído. Hacía deducciones. Oyó abrir la cómoda.
«Sin duda, el cajón de arriba  dedujo . Lleva las llaves en el bolsillo derecho. Un manojo de llaves en un anillo de acero. Hay una mayor que las otras y que tiene el paletón dentado. Seguramente no es de la cómoda. Por lo tanto, hay una caja, tal vez una caja de caudales. Las llaves de las cajas de caudales suelen tener esa forma... ¡Ah, qué innoble es todo esto!»
La vieja reapareció.
 Aquí tiene, amigo mío. A diez kopeks  por rublo y por mes, los intereses del rublo y medio son quince kopeks, que cobro por adelantado. Además, por los dos rublos del préstamo anterior he de descontar veinte kopeks para el mes que empieza, lo que hace un total de treinta y cinco kopeks. Por lo tanto, usted ha de recibir por su reloj un rublo y quince kopeks. Aquí los tiene.
 Así, ¿todo ha quedado reducido a un rublo y quince kopeks?
 Exactamente.
El joven cogió el dinero. No quería discutir. Miraba a la vieja y no mostraba ninguna prisa por marcharse. Parecía deseoso de hacer o decir algo, aunque ni él mismo sabía exactamente qué.
 Es posible, Alena Ivanovna, que le traiga muy pronto otro objeto de plata... Una bonita pitillera que le presté a un amigo. En cuanto me la devuelva...
Se detuvo, turbado.
 Ya hablaremos cuando la traiga, amigo mío.
 Entonces, adiós... ¿Está usted siempre sola aquí? ¿No está nunca su hermana con usted?  preguntó en el tono más indiferente que le fue posible, mientras pasaba al vestíbulo.
 ¿A usted qué le importa?
 No lo he dicho con ninguna intención... Usted en seguida... Adiós, Alena Ivanovna.
Raskolnikof salió al rellano, presa de una turbación creciente. Al bajar la escalera se detuvo varias veces, dominado por repentinas emociones. Al fin, ya en la calle, exclamó:
 ¡Qué repugnante es todo esto, Dios mío! ¿Cómo es posible que yo...? No, todo ha sido una necedad, un absurdo  afirmó resueltamente . ¿Cómo ha podido llegar a mi espíritu una cosa tan atroz? No me creía tan miserable. Todo esto es repugnante, innoble, horrible. ¡Y yo he sido capaz de estar todo un mes pen...!
Pero ni palabras ni exclamaciones bastaban para expresar su turbación. La sensación de profundo disgusto que le oprimía y le ahogaba cuando se dirigía a casa de la vieja era ahora sencillamente insoportable. No sabía cómo librarse de la angustia que le torturaba. Iba por la acera como embriagado: no veía a nadie y tropezaba con todos. No se recobró hasta que estuvo en otra calle. Al levantar la mirada vio que estaba a la puerta de una taberna. De la acera partía una escalera que se hundía en el subsuelo y conducía al establecimiento. De él salían en aquel momento dos borrachos. Subían la escalera apoyados el uno en el otro e injuriándose. Raskolnikof bajó la escalera sin vacilar. No había entrado nunca en una taberna, pero entonces la cabeza le daba vueltas y la sed le abrasaba. Le dominaba el deseo de beber cerveza fresca, en parte para llenar su vacío estómago, ya que atribuía al hambre su estado. Se sentó en un rincón oscuro y sucio, ante una pringosa mesa, pidió cerveza y se bebió un vaso con avidez.
Al punto experimentó una impresión de profundo alivio. Sus ideas parecieron aclararse.
«Todo esto son necedades  se dijo, reconfortado . No había motivo para perder la cabeza. Un trastorno físico, sencillamente. Un vaso de cerveza, un trozo de galleta, y ya está firme el espíritu, y el pensamiento se aclara, y la voluntad renace. ¡Cuánta nimiedad!»
Sin embargo, a despecho de esta amarga conclusión, estaba contento como el hombre que se ha librado de pronto de una carga espantosa, y recorrió con una mirada amistosa a las personas que le rodeaban. Pero en lo más hondo de su ser presentía que su animación, aquel resurgir de su esperanza, era algo enfermizo y ficticio. La taberna estaba casi vacía. Detrás de los dos borrachos con que se había cruzado Raskolnikof había salido un grupo de cinco personas, entre ellas una muchacha. Llevaban una armónica. Después de su marcha, el local quedó en calma y pareció más amplio.
En la taberna sólo había tres hombres más. Uno de ellos era un individuo algo embriagado, un pequeño burgués a juzgar por su apariencia, que estaba tranquilamente sentado ante una botella de cerveza. Tenía un amigo al lado, un hombre alto y grueso, de barba gris, que dormitaba en el banco, completamente ebrio. De vez en cuando se agitaba en pleno sueño, abría los brazos, empezaba a castañetear los dedos, mientras movía el busto sin levantarse de su asiento, y comenzaba a canturrear una burda tonadilla, haciendo esfuerzos para recordar las palabras.

Durante un año entero acaricié a mi mujer... 
Duran...te un año entero a...ca...ricié a mi mu...jer.»

jueves, 29 de septiembre de 2011

Anónimo - Curso Completo de Italiano

TEMARIO
CLASE 1. El alfabeto
CLASE 2. Pronombres personales sujetos y presente del indicativo
CLASE 3.  Los artículos y formación del masculino y femenino de los nombres y
adjetivos
CLASE 4. Verbo ser y los adjetivos
CLASE 5. Formación del plural
CLASE 6. Plurales irregulares
CLASE 7. El adjetivo demonstrativo
CLASE 8. Los posesivos
CLASE 9. Las preposiciones
CLASE 10. Otras preposiciones
CLASE 11. Particularidades de los verbos
CLASE 12. Presente continuo
CLASE 13. Pronombres directos e indirectos. Verbo dar
CLASE 14. Subjuntivo presente
CLASE 15. Verbos reflexivos y otros irregulares
CLASE 16. Los numerales
CLASE 17. Los pronombres y adjetivos indefinidos
CLASE 18. El imperativo
CLASE 19. Los pronombres relativos
CLASE 20. Los pronombres interrogativos
CLASE 21. Los adjetivos: comparativo y superlativo
CLASE 22. El pretérito perfecto
CLASE 23. Pretérito perfecto de "SER" y "HABER". Participios irregulares
CLASE 24. Pronombres objeto directo e indirecto
CLASE 25. El imperfecto y el pretérito pluscuamperfecto
CLASE 26. El pretérito indefinido
CLASE 27. El pretérito indefinido: otros verbos irregulares (I)
CLASE 28. El pretérito indefinido: otros verbos irregulares (II)
CLASE 29. El imperfecto
CLASE 30. El futuro
CLASE 31. El imperfecto del subjuntivo
CLASE 32. El condicional
CLASE 33. Expresión de hipótesis
CLASE 34. Pretérito pluscuamperfecto y listado de verbos irregulares
CLASE 35. La forma pasiva y el discurso indirecto
CLASE 36. La forma impersonal y el uso de "SE"
CLASE 37. Expresiones adverbiales
CLASE 38. Palabras con diferente género en italiano y en castellano
CLASE 39. Falsos amigos del italiano y del castellano
y CLASE 40. Palabras con varios significados

miércoles, 28 de septiembre de 2011

13 cuentos de fantasmas - E. F. Benson


Estas historias han sido escritas con la esperanza
de proporcionar algunos agradables estremecimientos
al lector, de modo que, si por ventura, alguien estuviera
ocupando en su lectura la media hora anterior
al momento de irse a la cama, cuando la noche y la casa
permanecen en silencio, tal vez podría echar alguna
mirada ocasiónala las esquinas y zonas oscuras 
de la habitación donde se encuentra, para asegurarse
de que nada inusual acecha en las sombras.
(Porque tales el objetivo declarado de las historias
de fantasmas, que tratan con las oscuras fuerzas
de lo desconocido, y a veces —y deforma harto
perturbadora— hacen que éstas se manifiesten.
(por esta razón, el autor desea a sus lectores
unos pocos momentos de inquietud.

El amor y sexol - Samael Aun Weor

Un MATRIMONIO PERFECTO es la unión de dos seres; uno que ama MAS, otro que ama
MEJOR. El AMOR es la mejor Religión Asequible. Hermes Trismegisto el Tres veces
grande Dios Ibis de Toth escribió en la Tabla de Esmeralda, las siguientes frases: «Te doy
AMOR en el cual está contenido todo el Sumum de la Sabiduría».

Cómo ganar amigos e influir sobre las personas - Carnegie, Dale

Prefacio a la edición revisada

Cuando Dale Carnegie escribió “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas”, su
principal objetivo era proporcionar un texto de suplemento a su curso sobre Oratoria y
Relaciones Humanas. Nunca soñó que se transformaría en el mayor de los best-sellers, y
que  la  gente  lo  leería,  lo  citaría  y  viviría  según  sus  reglas  mucho  después  de  su  propia
muerte.
El  libro  se  ha  vuelto  un  clásico;  se  lo  conoce  prácticamente  en  todos  los  países  del
mundo.  Ha  sido  leído  y  releído  por  decenas  de  millones  de  lectores,  incluyendo  a
hombres  muy  poderosos  en  el  gobierno  y  los  negocios,  lo  mismo  que  obreros  y
campesinos, estudiantes y maestros: literalmente, toda clase de gente. Hasta hoy, más de
cuarenta  años  después  de  su  aparición,  siguen  comprándolo  y  estudiándolo  cientos  de
miles  de  lectores  por  año.  Si  el  libro  sigue  siendo  tan  eficaz,  ¿por  qué  revisarlo?  ¿Por
qué no dejarlo exactamente como apareció en su primera edición?
,
Dale  Carnegie  escribió  este  libro  en  la  década  de  1930.  Los  ejemplos  e  ilustraciones
que  usó  Dale  Carnegie  entonces,  han  perdido  significado  para  los  lectores  de  nuestra
época.   Los   nombres   que   usó,   que   eran   familiares   en   los   años   treinta,   resultan
desconocidos para el lector de los años ochenta. El lenguaje usado también envejeció. En
los  últimos  años,  ha  habido  mujeres  que  se  han  mostrado  ofendidas  por  la  orientación
exclusivamente  masculina  del  libro.  Pero  Dale  Carnegie  escribía  como  lo  hacían  todos
sus contemporáneos: con el supuesto de que una referencia en masculino podía aplicarse a
ambos sexos.
Dorothy  Carnegie,  Presidenta  de  la  junta  de  Directorio,  y  Oliver  Crom,  Presidente  de
Dale Carnegie & Associates, Inc., dedican su esfuerzo a los principios desarrollados por
Dale Carnegie. Ambos creen que el modo más eficaz de hacer válidos estos principios es
presentarlos del modo más convincente que sea posible. Una de las técnicas usadas en el.
Curso de Dale Carnegie para ayudar a los estudiantes a hacer valer sus convicciones en
una  discusión,  es  la
"
fórmula  mágica”:  La  clave  de  esta  técnica  es  que  las  pruebas
pertinentes  y  al  caso  son  el  ingrediente  principal  de  una  argumentación.  Al  revisar  esta
obra  clásica  de  modo  que las  pruebas,  tal  como  se  manifiestan  en  las  ilustraciones  y
ejemplos, resulten pertinentes para el lector moderno, la filosofía de Dale Carnegie se nos
presenta de un modo más dinámico y significativo.
El asesor editorial de esta revisión recibió la difícil tarea de determinar qué partes del
material original debían cambiarse. Para ayudarse en el trabajo, le pidió a varios de los
maestros de los Cursos de Dale Carnegie que entregaran ejemplares del libro a estudiantes
y graduados de sus clases. A estos últimos se les pidió que leyeran el libro y tomaran notas
al  margen  marcando  las  partes  que  no  resultaban  del  todo  claras  o  que  carecían  de
verdadero significado para ellos. Como resultado de una revisión de estas notas se decidió
qué se eliminaría.
El paso siguiente era encontrar ilustraciones adecuadas que reemplazaran los ejemplos
eliminados, y proporcionaran material adicional que hiciera más eficaz aún al libro. Con
este fin, Paul Mackey, Vicepresidente del área Instrucción de Dale Carnegie & Associates,
Inc., escribió una carta a cada uno de los maestros de cursos en los Estados Unidos y en
otros  países,  pidiéndoles  que  transmitieran  ilustraciones,  anécdotas  y  conversaciones
sostenidas  en  clase,  que  pudieran  ser  usadas  como  ejemplificación  de  las  enseñanzas  de Dale Carnegie. Se recibieron cientos de respuestas. De esta masa de material se seleccionó
cuidadosamente el que se usaría en esta revisión.
Al planificar este libro, el objetivo fue mantener tanto como fuera posible el lenguaje y el
estilo de Dale Carnegie en la nueva edición. Este objetivo se logró. Dos tercios del libro
son  exactamente  iguales  y  usan  las  mismas  palabras  que  usó  Dale  Carnegie  cuando
escribió  el  libro  original  hace  más  de  cuarenta  años.  Usted  lo  leerá  como  si  él  siguiera
vivo.  La  filosofía  de  Dale  Carnegie  no  ha  envejecido.  Los  cambios  que  se  hicieron  se
redactaron  pensando  en  cómo  lo  habría  hecho  Dale  Carnegie.  Se  usó  la  técnica  de  un
restaurador de cuadros. Una famosa obra plástica queda dañada o disminuida por acción
del  tiempo.  Los  colores  palidecen,  los  contornos  se  borronean.  Se  contrata  a  un
restaurador para que reacondicione la pintura. Este técnico usa los mismos procedimien-
tos, las mismas pinceladas, los mismos colores usados por el pintor original, y hace todo lo
posible por recuperar la belleza de la obra original. Para hacer esto mismo con la lengua
de Dale Carnegie, su estilo fue estudiado y las nuevas ilustraciones y anécdotas escritas en
el estilo que más se pareciera al suyo. Esperamos que así se haya logrado captar el espíritu
del autor original así como el mensaje que nos transmite.
De modo que la edición revisada de “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas”
no  es  una  obra  nueva,  pero  expresa  la  filosofía  del  maestro  de  un  modo  que  será
comprendido y aceptado por los lectores de una nueva generación.
Dale Carnegie & Associates, Inc.

martes, 27 de septiembre de 2011

Aprender a pensar en la solución de problemas y la toma de decisiones - Anónimo

INTRODUCCIÓN

¿Por qué algunas personas poseen mayor facilidad para resolver un
problema y salir con éxito de una situación conflictiva?
La respuesta más frecuente ha sido resignarse ante el hecho de que esas
personas nacen dotadas de una estructura genética que favorece el
desarrollo de ciertas habilidades, es decir, se nace inteligente y esto facilita
el éxito.
Sobre esta afirmación inicial se han llevado a cabo numerosos estudios
cuyas conclusiones son:
La presencia desde el nacimiento de ciertas habilidades (inteligencia,
capacidad de observación, persistencia etc) favorece la adaptación y
resolución exitosa del individuo a las situaciones conflictivas que se le
presenten a lo largo de su vida.
Esto no significa que estas habilidades no puedan aprenderse, sino que por
el contrario, el conocimiento de las técnicas, y estrategias adecuadas y la
práctica constante de las mismas pueden hacer que se desarrollen incluso
más eficazmente estas habilidades
En el curso que a continuación iniciamos, se proporcionará al alumno el
conocimiento de las técnicas y estrategias que facilitan la resolución de
problemas, quedando en su mano el convertirse, a través de la práctica
constante, en un experto en solución de problemas.

Obras completas de Gustavo A. Bécquer - Gustavo Adolfo Bécquer

Al lector


Pronto,  el  22  de  Diciembre,  hará  siete  años  que  voló  a  su Creador el espíritu inmortal de Gustavo Adolfo Bécquer. 
La primera edición, que editó la caridad, agotose hace un año y el que murió oscuro y pobre es ya gloria de su patria y admiración  de  otros  países,  pues  apenas  hay  lengua  culta  donde  no  se  hayan traducido sus poesías o su prosa.
No es mi propósito hacer nueva enumeración de las desgracias y méritos del escritor. Las primeras se compensan con su gloria; los 
segundos son ya del dominio frío y severo de la crítica.
Sólo una cosa advertiremos siempre a los lectores de Gustavo: que nada de lo que dejó escribiolo con intención de que formase un libro;   y,   como   dijimos   en   la   primera   edición,   sus   grandes imaginaciones,  sus  alegatos  de  merecimiento  ante  la  posteridad, bajaron con él al sepulcro. Calcúlese ahora, por la popularidad y el respeto  que  su  memoria  ha  alcanzado  con  fútiles  destellos  de  su preclara inteligencia, a qué altura se hubiera elevado, si la miseria, aguijándole y faltándole la vida, no hubieran sido éstos los cauces imprescindibles de aquel atormentado cerebro.

Dos palabras más sobre Gustavo.
Hay quienes han querido censurarle por su novedad.
Hay muchos que han intentado imitarle.
Ni unos ni otros le han comprendido bien.

Las  Rimas  de  Bécquer  no  son  la  total  expresión  de  un  poeta, sino  lo  que  de  un  poeta  se  conoce.  Por  consecuencia,  el  tamaño, carácter  y  estilo  de  sus  composiciones  no  tienen  más  forma  que 
aquella  en  que  estuvieron  concebidas  y  calcadas,  y  éste  es  su principal mérito.
Defenderse con el Diccionario, arrebatar el oído con el fraseo de ricas variaciones sobre un mismo concepto, disolver una idea en un mar de palabras castizas y brillantes, cosa es digna de admiración y de  elogio;  pero  confiarse  en  la  admirable  desnudez  de  la  forma intrínsica,  servir  a  la  inteligencia  de  los  demás  la  esencia  del pensamiento  y  herir  el  corazón  de  todos  con  el  laconismo  del sentir,  sacrificando  sin  piedad  palabras  sonoras,  lujoso  atavío  de amontonadas  galas  y  maravillas  de  multiplicados  reflejos,  a  la sinceridad  de  lo  exacto  y  a  la  condensación  de  la  idea,  y  obtener únicamente con esto aplauso y popularidad entre las multitudes, es verdaderamente maravilloso, sobre todo en España, cuya lengua ha sido y será venero inagotable de palabras, frases, giros, conceptos y cadencias.
No  menos  digno  de  llamar  la  atención  es  que  el  poeta  haya conseguido tan rápida celebridad sin tocar en sus fantasías ni en sus realidades  nada  que  directamente  excite  el  interés  o  las  pasiones colectivas de sus contemporáneos.
Como  en  las  de  los  grandes  maestros,  en  su  paleta  no  figuran más  colores  que  los  primordiales  del  iris,  descompuestos  en  el prisma de la imaginación y del sentimiento; universales, sencillos y espontáneos, sin encenderse al contacto de pasiones políticas o de problemas sociales y religiosos.
Tienen en sí el germen de todo lo ideal; pero sin acomodamiento de  época  ni  dudas,  indignaciones  o  esperanzas  de  impíos  o fanáticos.
No podrá nunca, pues, ser juzgado en tal terreno, y, como esos astros ingentes que parecen chicos porque desde abajo se les mira en un planeta menor, jamás podrá alternar entre el agitado vaivén de  los  que  le  examinen,  cegados  por  el  polvo  de  la  tierra,  o envueltos  por  la  atmósfera  de  una  época  dada  y  los  pasajeros brillos de fugaces meteoros.
Esto a los que no han sabido censurarle, lo cual no prueba que le creamos exento de censura.
A  los  que  le  imitan,  por  más  que  esto  honre  al  poeta  tenemos que decir algunas palabras que expresarán conceptos a largo tiempo arraigados en nuestra conciencia.
No  creemos  en  el  progreso  indefinido  de  una  escuela.  Si  la historia  del  arte  no  lo  probara  definitivamente  con  la  muerte irreemplazable de sus grandes hombres, lo haría ver la reflexión del buen sentido.
De  ningún  modo  aconsejamos  que  se  dejen  de  consultar  los grandes  maestros  de  la  forma,  estudiándolos  con  fe e imitándolos con trabajo en secreto, sin perder nunca de vista la naturaleza para 
el  arte  y  la  moral  absoluta  para  las  ideas.  Pero  de  esto  a encastillarse en la forma del que primero fue original en ella, hay un gran abismo.
Si  alguien  es  difícil  y  comprendido  para  imitado  en  poesía,  es Bécquer.
Como  galanura  de  forma,  pureza  de  dicción  y  corrección  de estilo  hay  muchos  que  le  aventajen, y éstos son los que deben de imitarse siempre.Pero lo imposible de imitar en Bécquer es su propio espíritu, su 
manera de ver, como dicen los pintores, su idiosincrasia, como lo llaman los naturalistas.
En  ser  Bécquer  o  no  serlo  está  todo el quid de la dificultad, y creer que se ha conseguido tal propósito encerrándose en su forma y contando el número de sus versos, es no haber realizado nada, si antes no se cuenta con el original tesoro de ideas prácticas y reales que en sus composiciones existe.
Repárese bien que ni al principiar Bécquer una composición ni al  terminarla  en  crescendo,  deja  de  pensar  o  de  sentir  algo  de general y profundo. De cada cuatro versos suyos puede hacerse una larga  poesía  descriptiva;  pero  herir  las  cuerdas  de  la  idea  o  del sentimiento en menos palabras, es casi imposible. La idea, pues, sin más adorno que el necesario, como él decía, para poderse presentar decente  en  el  mundo,  tiene  una  importancia  real  y  sólida  en  sus composiciones.  Hacer,  por  tanto,  versos  como  los  suyos,  sin hallarse provisto de algo importante, práctico y hondo en el terreno del  sentir  o  del  pensar,  es  querer  construir  perdurable  estatua solamente con la gasa que la envuelve, y lo que consigue entonces quien imita, es quedar indefenso ante el público, resultando valadí, vulgar,  pretencioso  o  vano  en  el  mismo  metro  y  con  las  mismas líneas que Bécquer, por haber querido narrar lo imposible, es decir, la nada, porque nada había brotado del cerebro del imitante.
De  esto  resulta  una  serie  de  vulgaridades  concisas,  que  por  lo mismo  son  más  vulgares  aún,  o  una  porción  de  nebulosidades  y misterios, capaces de tener pensando todo un siglo a quien trate de descifrar el enigma.
En una palabra, y aunque se ha repetido mucho Shakespeare lo ha dicho mejor que nadie.
Los imitadores olvidan el ser o no ser del trágico eminente, y al hacerlo caen en ese abismo sin fondo de que nos habla el creador de Hamlet: ¡Palabras, palabras, palabras!
Nos hemos extendido más de lo que queríamos, pero sentíamos comezón de libertar la memoria de nuestro pobre amigo del ataque de los que no le han comprendido y de complicidad con algunos de sus imitadores.
Cumplida  nuestra  tarea,  sólo  nos  resta  dar  en  nombre del arte, del  público,  que  lo  pedía  con  ansia  y  de  nuestro  pobre  amigo,  al editor,  por  esta  magnífica  edición,  ilustrada  con  el  verdadero retrato del autor, no acabado de expirar, como figura en la edición primera,  sino  lleno  de  vida  y  esperanzas,  tal  omo  se  agitó  en  el mundo.
Va  aumentada  esta  edición  con  otros  trabajos de Bécquer, que añadirán nuevos quilates a su justa fama, tales cuales Las Cartas a una  Mujer,  y  otros  artículos  eminentemente  literarios,  como  el prólogo a Los Cantares de su íntimo amigo el Sr. Ferrán.

RAMÓN RODRÍGUEZ CORREA

Rituales con los Angeles - Anónimo

Ritual para saber el nombre del Ángel Guardián
Debido a que el ángel es una entidad cósmica de gran poder es aconsejable prepararse
mental y físicamente antes de contactarlo. Esto no es superstición sino lógica. Toda energía
que proviene del inconsciente debe ser lo mas pura posible para poder ser utilizada de
forma efectiva. Por esto se recomienda abstenerse de comer carnes, de tener relaciones
sexuales y de usar sustancias adictivas como drogas, tabaco, alcohol o cafeína durante 24
horas antes de todo ritual. Bañarse y vestirse de blanco es también aconsejable ya que el
color blanco es símbolo de la luz, donde esta encerrado todo el espectro solar. Quemarincienso, especialmente incienso y mirra, ayuda en la concentración, como lo es la música
suave y etérea.
Para averiguar el nombre del Ángel Guardián de una persona se lleva a cabo la purificación
arriba indicada y se abre un libro al azar que puede ser una Biblia o un diccionario. La
persona debe enfrentar el Este, que es donde sale el Sol y que simboliza las fuerzas
positivas y creativas del universo, y se concentra en lo que desea antes de abrir el libro con
los ojos cerrados. Colocar el dedo índice sobre la página derecha y apuntar en un papel sin
rayas la primera letra de la palabra que esta directamente debajo del dedo.
Esto se hace tres, cuatro o cinco veces, dependiendo de la intuición de la persona. Es decir,
esta debe decidir si va a abrir el libro tres, cuatro o cinco veces. Si decide abrir el libro tres
veces, va a apuntar tres letras; si decide abrir el libro cuatro veces, va a apuntar cuatro
letras; y si decide abrir el libro cinco veces, va a apuntar cinco letras.
La mayor parte de las letras que apunte, ya sean tres, cuatro o cinco, van a ser consonantes,
ya que existen mas consonantes que vocales en el alfabeto.
Si escribe solo consonantes, procede entonces a colocar cualquiera de las cinco vocales, a,
e, i, o, u, en el orden que su intuición le indique, entre medio de las consonantes. Si escribe
una combinación de vocales y consonantes, coloca las vocales donde se necesiten. Luego
que esto se ha hecho, se le añade el final "el " o "on" al nombre que han construido, ya que
la mayor parte de los nombres de los ángeles tiene esta terminación, como Miguel, Rafael,
Gabriel, Sandalfón o Metratón. Por ejemplo, si las letras que se apuntan son H R M, se le
pueden añadir dos A y una I para componer el nombre: HARAMIEL. Ese es pues el nombre
del Ángel Guardián de esa persona. Por otra parte, si las letras que se apuntaron son
DGALU, se le añade una sola vocal, como la I, para hacer el nombre DIGALUEL. Si
escogen cuatro letras como A T R Z. se le puede añadir una I y la terminación ON, para
formar el nombre ATRIZON, o el terminar EL para formar ATRIZEL. Esto es algo que la
persona misma decide, guiada por su intuición y su propio Ángel Guardián que le revela de
esta manera su nombre. Una vez que se sabe el nombre, se da gracias a Dios y a sus ángeles
y se termina el ritual. Ya la persona sabe como llamar a su Ángel Guardián en cualquier
momento que lo necesite.

Angelología - Anónimo

CAPÍTULO  I
INTRODUCCIÓN A LA ANGELEOLOGÍA
A.   Su lugar en las Escrituras
1.  Estos seres celestiales se mencionan por lo menos 108 veces en el
Antiguo Testamento y 165 en el Nuevo.
2.  El vocablo ángel, que se deriva bien de mal’ak del hebreo del Antiguo
Testamento, o bien de aggelos del griego del Nuevo Testamento, quiere
decir simplemente mensajero, palabra que bien expresa su servicio u
oficio.
3.  La Biblia declara que los ángeles no sólo observan los acontecimientos
humanos, sino también que los ángeles buenos son ministros de los
herederos de la salvación (Hebreos 1:4) y que los ángeles malos hacen
la guerra contra lo que hay de Dios en el hombre (Efesios 6:12).
4.  Los ángeles integran dos de los cinco grupos en que se dividen todas
las criaturas finitas creadas por Dios; a saber, los ángeles santos y los
caídos. Los otros tres grupos son, el de los gentiles, los judíos y los
verdaderos cristianos.