de
Haggard R. Henry
Novelista e ingeniero agrónomo inglés. Nació el día 22 de junio de 1856 en Norfolk y con 19 años se translada a Suráfrica, en donde fue uno de los presidentes del Tribunal Supremo de Transvaal. De regreso a Inglaterra en 1881, se dedicó a la agricultura en su finca de Norfolk y a escribir novelas. Las minas del rey Salomón (1885) triunfó inmediatamente. La obra trata de las aventuras de un explorador inglés y sus vicisitudes entre tribus remotas. Los personajes del libro aparecerían en otras novelas, como Ella (1887), Allan Quatermain (1887) y Ayesha, o el regreso de Ella (1905). Fue amigo de Rudyard Kipling y Andrew Lang. Sus libros tuvieron éxito por todo el mundo. Haggard también fue consejero de Agricultura del Gobierno británico.
Capítulo 1
SE PRESENTA ARBUTHNOT
Creo que yo, Humprhey Arbuthnot, debería empezar esta historia, en la que el Destino me ha hecho desempeñar un importante papel, con un breve relato sobre mi personalidad y mis circunstancias.
Nací hace cuarenta años en esta misma aldea de Devonshire, en la que escribo, aunque no en esta misma casa. Ahora vivo en el Priory, una antigua y bella mansión con sus habitaciones revestidas de entabladuras, sus bellos jardines donde florecen plantas que sólo podría esperarse encontrar en climas más cálidos, y un verde y ondulante parque tachonado de árboles. La vista es igualmente perfecta; por detrás y alrededor, se ven los hermosos paisajes de Devonshire, con sus valles y colinas y sus escarpadas laderas de roja piedra arenisca, y a alguna distancia, enfrente, el mar. Hay pequeñas poblaciones muy cercanas, habitadas por forasteros en su mayor parte; pero están tan escondidas en los repliegues del terreno, que desde el Priory
no pueden verse. Tal es Fulcombe, donde vivo, aunque por razones evidentes no le doy su nombre real.
Hace muchos años, mi padre, el reverendo Humphrey Arbuthnot, de quien soy único hijo, era vicario de este lugar, al cual se dice que nuestra familia está vinculada por alguna vaga relación hereditaria. Si fue así, sería cortada en los tiempos de la Restauración, ya que mis antepasados lucharon al lado del Parlamento.
Mi padre fue un hombre retraído; quedó viudo cuando murió mi madre, escocesa, poco después de mi nacimiento. Partidario de la High Church, el partido de la Iglesia de Inglaterra, no encontró simpatía en la familia que poseyó el Priory antes que yo. En realidad, su jefe, una persona muy vulgar, apellidado Enfield, enriquecido por el comercio, casi le persiguió; podía hacerlo, ya que era el potentado local y propietario de los diezmos de la rectoría.
Menciono este estado de cosas porque tuve desde pequeño la intención de adquirir un día este solar y asentarme en él. Entonces era una idea descabellada, pero que persistió en mí, como tantas aspiraciones de la juventud, y que, cuando la oportunidad de llevarla a cabo se presentó, años después, la realicé. ¡Pobre Enfield! Cayó en la peor de las desdichas intentando mantener a su hijo predilecto, jugador, derrochador y truhán desagradecido, y al final quedó prácticamente arruinado. Y cuando le llegó la mala fortuna, se vio forzado a vender el solar de Fulcombe.
Por su lado, el vecindario pobre de todo el distrito, pues la parroquia en sí era muy pequeña, quería mucho a mi padre, aunque practicase la confesión, llevase vestiduras sacerdotales y encendiese velas en el altar. Realmente, la iglesia, que los monjes edificaron muy grande y hermosa, estuvo siempre repleta
los domingos, aunque muchos de los fieles venían de lejos por curiosidad, debido a su reputación de papista y por su hermosa manera de predicar: los sermones de mi padre eran verdaderamente notables.
Por mi parte, comprendo que debo mucho a este panorama de la High Church. El me abrió ciertas puertas y me mostró algunos de los misterios que se encierran en toda religión y que, consiguientemente, tienen su hogar en la inspirada alma del hombre, en la que nacen las religiones.
Mi padre era instruido; pero ésa es una pálida impresión de la realidad, pues nunca conocí a nadie que lo fuera tanto. Era uno de esos hombres tan hábiles en todo, que no son sobresalientes en nada. Un estudioso de los clásicos; un respetable matemático; experto en teología; estudiante de varias lenguas extranjeras y de literatura en sus pocos momentos de ocio; investigador en sociología; teórico de la música; autoridad de primera clase en hachas de piedra y otros pedernales y en el cultivo de frutas como las manzanas, que
era una de sus ocupaciones. Eso fue lo que hizo tan populares sus sermones, pues siempre alguna de estas cosas se mezclaba en ellos; su teoría era la de que Dios nos habla a través de cualquier cosa.
Ahora voy a sincerarme en cuanto a mí. El hecho es que heredé la mayoría de las habilidades de mi padre. Además, tengo un lado práctico que él no poseía; si lo hubiera tenido, hubiera llegado a ser seguramente arzobispo en vez de morir como vicario de una parroquia desconocida. También tengo un sentido espiritual, místico más bien, que, con toda su religión, faltaba en la naturaleza de mi padre.
También soy más íntegro yo que lo fue él, y sé que mi padre estaba en eso de acuerdo conmigo. Quizá sea debido a la sangre escocesa de mi madre mezclada con la suya; posiblemente porque lo esencial de mi espíritu, aunque educado por mi padre, fue completamente distinto o de otro matiz. Todo el mundo sabe que dos seres humanos, aunque idénticos en lo carnal, se diferencian en muchos matices.
Además, también tenía, y hasta cierto punto todavía tengo, una ventaja sobre mi padre, que ciertamente debo a mi madre. Ella fue, según juzgo por los retratos que guardo y por las descripciones que oí, una mujer extraordinariamente hermosa. Nací mucho más bien parecido que mi padre. El era pequeño
y moreno, con ojos oscuros y cejas muy sobresalientes. Yo también soy moreno, pero más alto de lo normal y bien constituido.
Hasta que fui a Oxford me educó mi padre, en parte porque sabía que podía hacerlo mejor que otro, y en parte para ahorrarse los gastos del colegio.
El experimento fue muy provechoso y dio resultado, pues mi afición a todos los ejercicios al aire libre y a todas las aventuras arriesgadas, me preservaron de convertirme en un enclenque. Quedó demostrado cuando al final fui al colegio con una preparación como para examinarme en cualquier materia, pues verdaderamente estaba bien preparado.
En la Universidad adquirí un buen acopio de defectos, que en suma me hicieron un fracasado. Y un fracasado en el más amplio sentido de la palabra.
Me convertí en un melindroso. Y para explicar lo que interpreto como melindrería, pondré un ejemplo: soy como un hombre con un sentido del olfato muy desarrollado, que cuando pasea por una ciudad extranjera, aunque limpia y bien cuidada, puede en todo momento captar los olores propios de tales ciudades. Más aún: su aguda percepción de ellos se interfiere con toda clase de otras percepciones y malogra su paseo. El resultado es que, años más tarde, cuando piensa en aquella bella ciudad, recuerda, no sus históricos edificios o aquello de lo que se vanagloria, sino más bien su antiguo olor a pescado. Al menos, lo recuerda en primer lugar debido a este defecto de su temperamento. Y así sucede con todas las cosas. En resumen, está en desacuerdo con el mundo.
Probablemente, una segunda falta de los fracasados, la falta de perseverancia, tiene sus raíces en la primera, y de todos modos en mi caso. Al menos, al abandonar la Universidad con alguna reputación, se me requirió para actuar como abogado, y debido a ciertas recomendaciones y relaciones tuve buena acogida. Comencé con buen éxito, ganando dinero incluso durante mi primer año. Luego, como suele suceder, salió cierto caso que, habiendo caído repentinamente enfermo mi jefe, quedó a mi gestión. El hombre cuya causa tenía que defender era uno de los mayores canallas que se pueden conocer. Se trataba de un caso de herencia y, si ganaba, el resultado sería arruinar a dos estimables mujeres de mediana edad, que tenían derecho a la propiedad, para evitar lo cual el canalla había recurrido a la falsificación y al perjurio.
Pues bien, mi cliente ganó, gracias a mí, y las estimables mujeres quedaronarruinadas y, como supe más tarde, conducidas a tal extremo que una de ellas murió en la más completa miseria, y la otra fue recluida en un asilo para ancianos desvalidos. Los detalles no vienen a colación, pero debo señalar que aquellas señoras quedaron deshechas bajo mi interrogatorio, que las hizo aparecer diciendo falsedades en las que fueron confundidas. Además, inventé una ingeniosa teoría de los hechos que, aunque el juez la consideró sospechosa, llegó a convencer a un estúpido jurado, que me dio su veredicto.
Todo el mundo me felicitó, y resulté triunfante, especialmente porque mi jefe había dicho que el caso era imposible de ganar. Mi conciencia, sin embargo, me acusó penosamente, hasta que llegué a la conclusión de que la práctica de las leyes no es apropiada para hombres honrados. Debo hacer constar que, años después, cuando me enriquecí, rescaté del asilo a la vieja señora sobreviviente, aunque hasta la fecha ella no conoce el nombre de su anónimo amigo. Poco a poco dejé la práctica de la abogacía, con gran descontento de mis relaciones, y me dediqué a la literatura.
Ocurrió algo asombroso: mi primer libro fue un gran éxito. El mundo entero habló de él. Un periódico importante se regocijó de haber descubierto tal maravilla y me ensalzó; otros diarios siguieron esa corriente. El libro se vendió mucho, y creo que debía tener algún mérito porque todavía se lee hoy en día, aunque pocos saben que lo escribí yo, pues, afortunadamente, lo publiqué bajo seudónimo.
De nuevo fui ensalzado y me puse a trabajar en otro libro que consideré mucho mejor. Pero la envidia estaba ya excitada por ese salto a la fama realizado por una persona completamente desconocida, y fue exacerbada por un insensato artículo que publiqué en respuesta a una crítica desfavorable, en el
cual hablaba con demasiada libertad e hiriente sarcasmo. Ello me creó enconables enemigos, como comprobé cuando apareció mi siguiente libro. Fue hecho trizas, tachado de subversivo a la moral y a la religión. Fue llamado pueril e inculto mamotreto. Además, fue arrojada contra mí una acusación de plagio y gran número de lectores concluyeron por creer que era un ladrón de la más baja estofa. Finalmente, mi padre, a quien no pude ocultarle por mucho tiempo el secreto, desaprobó duramente ambos libros, que admití estaban escritos desde un punto de vista excesivamente radical y algo anticlericalmente.
El resultado fue nuestra primera discusión, y antes de reconciliarnos, mi padre murió repentinamente.
Así que, de nuevo, la melindrería y mi falta de perseverancia salieron a flote, y juré solemnemente que no escribiría otro libro, o al menos no vería la luz. Juramento que fue guardado hasta la fecha, y ahora rompo porque me considero obligado a hacerlo y no estoy animado por ningún interés monetario.
De esta forma acabó mi segundo intento por forjarme una profesión. Pero entonces me volví brusco, arisco, cínico y también vengativo. Era consciente de que poseía considerables habilidades en diversos aspectos, y me detuve a meditar y analizar mis experiencias pasadas. Fue entonces cuando un viejo adagio se iluminó en mi mente: “Poderoso caballero es don Dinero.” Si tuviera dinero podría reírme de las críticas injustas, por ejemplo; pocos se atreverían a molestarme por miedo de que pudiera devolverles el daño. Así podría llevar a cabo mis propias ideas. Estaba tan claro como la misma luz del día. Pero, ¿cómo hacer dinero?
Tenía algún capital que había heredado de mi padre: en total ascendía a unas ocho mil libras, más lo que mis dos libros me proporcionaron. ¿En qué podría emplearlas que me dieran la mayor ventaja posible?
Recordé que un primo de mi padre había sido un afortunado corredor de Bolsa. Fui a visitarle; era un hombre sencillo y bueno que se alegró mucho de verme, y le propuse que me colocase cinco mil libras en sus negocios, porque no me atrevía a arriesgar todo lo que tenía, y me diera una participación en sus ganancias. Se rió de buena gana por mi osadía.
—Bueno, muchacho —me dijo—. Siendo totalmente inexperto en este juego, perderías más de esto en un mes. Pero me gusta tu valentía y, la verdad, quiero ayudarte. Lo pensaré y te escribiré.
Lo pensó y al final me ofreció ponerme a prueba por un año, a sueldo fijo, con la promesa de asociarme si le convenía después de finalizado ese período. Mientras, las cinco mil libras permanecerían en mi bolsillo.
Acepté su ofrecimiento, no sin cierto disgusto, pues la impaciencia de la juventud hace que todo se quiera enseguida. Trabajé intensamente y pronto me impuse en los negocios, pues mis conocimientos de los números vinieron en mi ayuda, de la misma forma que lo hicieron mis conocimientos de leyes y literatura.
Además, tenía cierta aptitud para las altas finanzas. Más adelante, como siempre, la fortuna me mostró su cara más favorable.
En un año conseguí asociarme con una pequeña participación en los negocios; a los dos años se retiró el socio anterior a mí y yo me quedé con una tercera parte del capital de la firma; y a los tres, mi primo, satisfecho de mi trabajo, comenzó a desatender el despacho y empezó a dedicarse casi por completo a la jardinería, su ocupación favorita. A los cuatro años les pagué todo a los dos, aunque para hacerlo tuve que pedir dinero prestado a crédito, por cuyo acuerdo el título de la firma continuó. Luego llegó la época de la prosperidad:
realicé una atrevida jugada y gané. Cierto sábado, al comprobar los libros, encontré que, después de descontar todas las deudas, mis beneficios ascendían a veinte mil libras; al año siguiente, cuando procedí de nuevo al arqueo, este capital había aumentado hasta llegar a las ¡ciento cincuenta y tres mil libras! Y no me pareció nada extraordinario cuando luego se convirtieron en millones.
Al año siguiente ya estaba cansado. Mi vieja melindrosidad y falta de perseverancia se reafirmaron. Reflexioné sobre la ruina que esta especulación suponía para miles de seres, algunos de cuyos lamentables casos habían llegado recientemente a mis oídos, y una vez más tuve que considerar si aquélla era una ocupación aceptable para un hombre honrado. Poseía riquezas.
Pues, bien, ¿por qué no utilizarlas para vivir la vida y disfrutar?
Además, estaba seguro de que aquellos tiempos no podían durar siempre.
Es fácil hacer dinero cuando un mercado está en alza, pero cuando baja es muy distinto. En cinco minutos tomé una decisión. Llamé a mis socios —había tomado dos últimamente—, y les anuncié la intención de retirarme en seguida.
Pusieron el grito en el cielo, pues realmente yo era la firma, y porque si retiraba todo mi capital no tendrían suficiente dinero para continuar el negocio.
—Muy bien —les dije, al final—. Les dejaré seiscientas mil libras, sobre las cuales habrán de pagarme el cinco por ciento de interés, pero sin participar en los beneficios.
Disolvimos la sociedad en estos términos, y en un año perdieron las seiscientas mil libras. Sin embargo, ellos se salvaron y hoy en día disfrutan de una razonable renta. Nunca les he preguntado por aquellas seiscientas mil libras.




