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miércoles, 30 de julio de 2014

Libro Recomendado «Los amados muertos» ♦ H. P. Lovecraft ♦ Misterio y Terror ♦

"Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.
Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo, perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero chapitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud - terrorífica quietud -, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso."

Libro Recomendado «El Coronel Chabert» ♦ Honorato de Balzac

"—Vaya, ya tenemos aquí á ese viejo moscardón del carrique.
Esta exclamación la lanzaba un pasante que pertenecía al género de los que se llaman en los estudios saltacharcos, el cual mordía en este momento con apetito voraz un pedazo de pan. El tal pasante tomó un poco de miga para hacer una bolita, la cual, bien dirigida y lanzada por el postigo de la ventana en que se apoyaba, rebotó hasta la altura de dicha ventana, después de haber dado en el sombrero de un desconocido que atravesaba el patio de una casa situada en la calle Vivienne, donde vivía el señor Derville, procurador.
—Vamos, Simonín, no haga usted tonterías á las gentes, ó le pondré de patitas en la calle. Por pobre que sea un cliente, siempre es hombre, ¡qué diablo! dijo el primer pasante interrumpiendo la adición de una memoria de costas.
El saltacharcos es, generalmente, como era Simonín, un muchacho de trece á catorce años, que se encuentra en todos los estudios bajo la dirección especial del primer pasante, cuyos recados y cartas amorosas le ocupan, al mismo tiempo que va á llevar citaciones á casa de los ujieres y memoriales á las audiencias. Tiene algo del pilluelo de París por sus costumbres, y del tramposo por su destino. Este muchacho es casi siempre implacable, desenfrenado, indisciplinable, decidor, chocarrero, ávido y perezoso. Sin embargo, casi todos los aprendices de pasante tienen una madre anciana que se alberga en un quinto piso y con la cual reparten los treinta ó cuarenta francos que ganan al mes.
—Si es un hombre, ¿por qué le llama usted moscard"

lunes, 28 de julio de 2014

Libro Recomendado «Rashomon» de Ryunosuke Akutagawa

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«Era un frío atardecer. Bajo Rashômon, el sirviente de un samurai esperaba que cesara la lluvia. No había nadie en el amplio portal. Sólo un grillo se posaba en una gruesa columna, cuya laca carmesí estaba resquebrajada en algunas partes. Situado Rashômon en la Avenida Sujaltu, era de suponer que algunas personas, como ciertas damas con el ichimegasa ¹ o nobles con elmomiebosh ², podrían guarecerse allí; pero al parecer no había nadie fuera del sirviente. Y era explicable, ya que en los últimos dos o tres años la ciudad de Kyoto había sufrido una larga serie de calamidades: terremotos, tifones, incendios y carestías la habían llevado a una completa desolación. Dicen los antiguos textos que la gente llegó a destruir las imágenes budistas y otros objetos del culto, y esos trozos de madera, laqueada y adornada con hojas de oro y plata, se vendían en las calles como leña. Ante semejante situación, resultaba natural que nadie se ocupara de restaurar Rashômon. Aprovechando la devastación del edificio, los zorros y otros animales instalaron sus madrigueras entre las ruinas; por su parte ladrones y malhechores no lo desdeñaron como refugio, hasta que finalmente se lo vio convertido en depósito de cadáveres anónimos. Nadie se acercaba por los alrededores al anochecer, más que nada por su aspecto sombrío y desolado.

      En cambio, los cuervos acudían en bandadas desde los más remotos lugares. Durante el día, volaban en círculo alrededor de la torre, y en el cielo enrojecido del atardecer sus siluetas se dispersaban como granos de sésamo antes de caer sobre los cadáveres abandonados.»


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Libro Recomendado: «Nueva visita a un mundo feliz» de ALDOUS HUXLEY


El alma del saber puede convertirse en el mismísimo cuerpo de la falsedad. Por elegante y memorable que sea, la brevedad jamás puede, según son las cosas, tener en cuenta todos los hechos de una situación compleja. En un tema como éste, sólo se puede ser breve por omisión y simplificación. La omisión y la simplificación nos ayudan a comprender, pero, en muchos casos, nos ayudan a comprender lo erróneo, pues nuestra comprensión puede ser únicamente de las nociones pulcramente formuladas por quien abrevia, no de la vasta y ramificada realidad de la que esas nociones han sido arbitrariamente abstraídas. Pero la vida es breve y la información inacabable: nadie tiene tiempo para todo. En la práctica, nos vemos generalmente obligados a optar entre una exposición indebidamente breve o ninguna exposición. La abreviación es un mal necesario y la misión del abreviador consiste en sacar el máximo provecho de una tarea que, si bien es intrínsecamente mala, vale más que no hacer nada. Tiene que aprender a simplificar; pero no hasta el extremo de la falsificación. Tiene que aprender a concentrarse en lo esencial de una situación, pero sin pasar por alto un número excesivo de las cuestiones accesorias que condicionan la realidad. De este modo podrá decirnos, no, desde luego, toda la verdad (pues toda la verdad sobre casi cualquier asunto importante es incompatible con lo breve), pero sí mucho más que los peligrosos cuartos de verdad o medias verdades que siempre han sido la moneda en circulación del pensamiento. El tema de la libertad y sus enemigos es enorme y lo que he escrito es indudablemente demasiado poco para hacerle plena justicia, pero, por lo menos, he abordado muchos de los aspectos del problema. Cabe que cada aspecto haya sido excesivamente simplificado en la exposición, pero estas exageradas simplificaciones sucesivas contribuyen a formar un cuadro que, según lo espero, procura cierta idea de la vastedad y complejidad del original. Quedan excluidos del cuadro (no porque carezcan de importancia, sino simplemente por conveniencia y porque los he analizado en ocasiones anteriores) los enemigos mecánicos y militares de la libertad, es decir, las armas y los artificios que tanto han fortalecido a los gobernantes del mundo frente a sus gobernados y los cada vez más ruinosamente costosos preparativos para guerras cada vez más insensatas y suicidas. Los capítulos que siguen deben ser leídos con un telón de fondo de ideas sobre el levantamiento húngaro y su represión, sobre las bombas de hidrógeno, sobre el costo de eso a lo que cada nación se refiere como "defensa", sobre esas interminables columnas de jóvenes uniformados, blancos, negros, morenos o amarillos, que marchan obedientemente hacia la fosa común.

«Algunas casas encantadas» de Ambrose Bierce

Durante muchos años, cerca de la ciudad de Gallipo­lis, Ohio, vivió un anciano llamado Herman Deluse. Poco se sabía de su vida, porque él no quería ni hablar de ella ni aguantar a los demás. Era creencia extendida entre sus vecinos que había sido pirata, aunque nadie sabía si ello se debía a que no existían más pruebas que su colección de garfios de abordaje, sus alfanjes y sus viejas pistolas de serpentín. Vivía completamente solo en una pequeña casa de cuatro habitaciones que se desmoronaba a pasos agigantados y en la que no se realizaba más reparación que la que exigían las condi­ciones meteorológicas. Se elevaba en medio de un gran pedregal cubierto de zarzamoras, con unas, cuantas parcelas cultivadas del modo más primitivo. Ésas eran sus únicas propiedades visibles, suficientes para vivir, pues sus necesidades eran pocas y elementales. Siem­pre disponía de dinero contante y sonante, y todas las compras que hacía en las tiendas de la plaza del pueblo las pagaba en efectivo, sin comprar más de dos o tres veces en el mismo sitio hasta que había pasado un lapso considerable de tiempo. Sin embargo, esta distribu­ción tan equitativa de su patrimonio no recibía ningún elogio; la gente la consideraba un intento ineficaz de ocultar su riqueza. Que el anciano guardaba enterrada en algún lugar de su destartalada vivienda una enorme cantidad de oro adquirido de forma deshonrosa, era algo que ninguna persona sincera, al tanto de los hechos de la tradición local y con un sentido de la proporción de las cosas, podía poner en duda sensata­mente.
El 9 de noviembre de 1867, el anciano murió; al menos su cadáver fue descubierto al día siguiente, y los médicos testificaron que la muerte había ocurrido en las veinticuatro horas precedentes. Cómo, es algo que no supieron decir, pues la autopsia mostraba que todos los órganos estaban sanos, sin ningún indicio de ano­malía o violencia. En su opinión, la muerte debía haber tenido lugar al mediodía, ya que el cuerpo estaba en la cama. El veredicto judicial fue que aquel hombre «había encontrado la muerte por un castigo de Dios». El cuerpo fue enterrado y el administrador público se hizo cargo de la herencia.
Una investigación rigurosa no reveló nada nuevo acerca de aquel hombre muerto, y gran parte de las excavaciones llevadas a cabo en sus propiedades, aquí y allá, por sus solícitos y ahorradores vecinos, no dieron ningún fruto. El administrador cerró la casa hasta el momento en que los bienes, raíces y persona­les, fueran a ser vendidos de acuerdo con la ley, con vistas a sufragar en parte los gastos de tal venta.
La noche del 20 de noviembre fue borrascosa. Un tremendo vendaval sacudió los campos, azotándolos con una desoladora ventisca de nieve. Enormes árboles fueron arrancados de raíz y arrojados sobre los cami­nos. Nunca se había conocido en toda aquella región una noche tan tormentosa, aunque a la mañana si­guiente el vendaval había amainado y amaneció un día claro y soleado. Hacia las ocho de la mañana, el reverendo HenryGalbraith, un conocido y muy esti­mado pastor luterano, llegó andando a su casa, que estaba a milla y media de la casa de Deluse. Mr. Galbraith venía de pasar un mes en Cincinnati. Había subido por el río en un vapor y, después de desembar­car en Gallipolis la tarde anterior, había conseguido una calesa y se había puesto en camino hacia su casa. La violencia de la tormenta le había retrasado toda la noche y por la mañana los árboles caídos le habían obligado a abandonar su medio de transporte y conti­nuar el viaje a pie.