jueves, 27 de noviembre de 2014

EbookRecomendado: AGNES GREY ♦ ANNE BRONTE

CAPITULO PRIMERO 

 LA RECTORÍA 


 En todas las historias verdaderas hay enseñanzas, aunque puede que en algunas nos cueste encontrar el tesoro, o cuando lo encontramos es en cantidad tan exigua que el fruto tan seco y marchito apenas compensa el esfuerzo de romper la cáscara. Si éste es el caso de mi historia, no soy competente para juzgarlo; a veces creo que puede resultar útil para algunos y entretenida para otros, pero que la juzgue el mundo: protegida por mi oscuridad y por el transcurso de los años, no tengo miedo de arriesgarme y expondré cándidamen­te ante el público cosas que no revelaría al amigo más íntimo. Mi padre era un clérigo en el norte de Inglaterra, que se ganó el respeto de todos los que lo conocían, y en sus años de juventud vivió holgadamente de los emolumentos combina­dos de una pequeña prebenda y unos bienes propios. Mi ma­dre, que se casó con él en contra de los deseos de los suyos, era la hija de un hacendado y una mujer de carácter. En vano le dijeron que, si se convertía en la esposa del pobre rector, de­bía renunciar a tener carruaje propio y doncella personal y to­dos los lujos y finuras que eran para ella algo menos que lo esencial de la vida. Un carruaje y una doncella personal eran grandes comodidades; pero, gracias a Dios, ella tenía pies para caminar y manos para atender a sus propias necesidades. No eran desdeñables una casa elegante y un amplio jardín, pero ella preferiría vivir en una casucha con Richard Grey que en un palacio con cualquier otro hombre del mundo.
Viendo que sus argumentos no surtían ningún efecto, su padre finalmente dijo a los enamorados que se casaran si que­rían, pero que si lo hacían, su hija perdería cada penique de su fortuna. Confiaba en que esto enfriaría el entusiasmo de la pareja; pero se equivocaba. Mi padre conocía de sobra lo mu­cho que valía mi madre, hasta el punto de darse cuenta de que era una fortuna valiosa por sí misma; y si ella consentía en adornar su humilde hogar, él estaría encantado de aceptar­la bajo cualquier concepto. Ella, por su parte, prefería trabajar con sus propias manos que separarse del hombre al que ama­ba, cuya felicidad le encantaría procurar y que ya se fundía con ella en corazón y alma. De modo que su fortuna fue a en­grosar la dote de una hermana más sensata, que se había casa­do con un ricachón, mientras que ella acabó enterrándose en la sencilla rectoría aldeana, para sorpresa y pesadumbre de todos aquellos que la conocían. Y sin embargo, a pesar de todo esto, y a pesar del fuerte carácter de mi madre y los ca­prichos de mi padre, creo que no se encontraría una pareja más feliz aunque se buscase por toda Inglaterra.
De seis hijos, mi hermana Mary y yo fuimos las únicas que sobrevivimos a los peligros de la infancia y la adolescencia. Al ser yo cinco o seis años más joven, siempre se me considera­ba la niña, la mimada de la familia; padre, madre y hermana se ponían de acuerdo para consentirme todo, no con una ne­cia indulgencia que me hiciera díscola e indisciplinada, sino con una incesante amabilidad que me hizo desvalida y de­pendiente, inepta para soportar los golpes de las preocupacio­nes y tribulaciones de la vida.
A Mary y a mí nos educaron en el más absoluto aislamien­to. Mi madre, que era una mujer a la vez de muchos talentos, bien educada y trabajadora, se hizo cargo ella sola de nuestra educación, con excepción del latín, que se encargaba de ense­ñarnos mi padre, de modo que ni siquiera íbamos al colegio; y como no había gente de nuestro rango en los alrededores, nuestro único contacto con el mundo consistía en una solemne merienda con los más importantes agricultores y comercian­tes de la zona de vez en cuando, para evitar que nos tildaran de demasiado orgullosos para asociarnos con nuestros ve­cinos, y una visita anual a casa de nuestro abuelo paterno, donde las únicas personas que veíamos eran éste, nuestra que­rida abuela, una tía soltera y dos o tres damas y caballeros ma­yores. A veces nos entretenía nuestra madre con historias y anécdotas de su juventud, las cuales, aunque nos divertían muchísimo, frecuentemente despertaban, por lo menos en mí, un vago deseo secreto de ver algo más del mundo.
Yo pensaba que ella había debido de ser muy feliz; pero nunca parecía echar de menos el pasado. Sin embargo, mi pa­dre, cuyo temperamento no era tranquilo ni alegre por natu­raleza, a menudo se angustiaba pensando en los sacrificios que había hecho por él su querida esposa y se devanaba los se­sos ideando un sinfín de proyectos para aumentar su peque­ña fortuna, por ella y por nosotras. Mi madre le aseguraba en vano que estaba totalmente satisfecha, y que si ahorraba un poco para las hijas, tendríamos todos más que suficiente, aho­ra y en el futuro. Pero ahorrar no era el fuerte de mi padre; no contraía deudas (por lo menos mi madre cuidaba mucho de que no lo hiciese), pero cuando tenía dinero, tenía que gastar­lo; le gustaba tener comodidad en la casa y ver a su esposa y a sus hijas bien vestidas y bien atendidas; además, era de dis­posición caritativa y le gustaba dar a los pobres según sus po­sibilidades o, pensaban algunos, por encima de ellas.
Finalmente, sin embargo, un amigo le sugirió un medio de duplicar su renta personal de un solo golpe; y de aumentarlo en adelante hasta una cantidad incalculable. Su amigo era co­merciante, un hombre de espíritu emprendedor e inequívoco talento, que estaba algo limitado en sus actividades mercanti­les por falta de capital, pero ofrecía generosamente a mi padre darle la parte alícuota de sus beneficios si se decidía a confiar­le todo lo que se podía permitir, y pensaba que le podía pro­meter sin exagerar que, fuera cual fuese la suma que se digna­ba poner en sus manos, le rendiría el ciento por ciento. Este vendió enseguida su pequeño patrimonio y el precio total fue encomendado en manos del comerciante amigo, que inme­diatamente se puso a embarcar su cargamento y prepararse para el viaje.
Mi padre estaba encantado, como lo estábamos todos, ante nuestras brillantes perspectivas: de momento, es verdad, está­bamos reducidos a los escasos ingresos del curato, pero mi padre parecía creer que no hacía falta limitar nuestros gastos es­trictamente a éstos. Así que con una cuenta pendiente en la tienda del señor Jackson, otra en la tienda de Smith y otra en la de Hobson, nos arreglábamos incluso con más holgura que antes, aunque mi madre afirmaba que debíamos restringir­nos, pues nuestras perspectivas de riquezas eran precarias, y que si mi padre dejaba que ella lo administrase todo, no no­taría las economías; pero esta vez fue incorregible.
Qué horas tan felices pasamos Mary y yo, sentadas junto al fuego haciendo labores o paseando por las colinas cubiertas de brezo u holgazaneando bajo el sauce llorón (el único árbol grande del jardín), hablando de nuestra futura felicidad y la de nuestros padres, de las cosas que haríamos, veríamos y po­seeríamos, sin base más firme para nuestra gran quimera que las riquezas que esperábamos nos llovieran como resultado del éxito de las especulaciones del buen comerciante. Nues­tro padre estaba casi igual que nosotras; sólo que fingía no tomárselo tan en serio, expresando sus grandes esperanzas y expectativas optimistas por medio de chistes y festivas ocu­rrencias que siempre me parecieron el colmo del humor y el ingenio. Nuestra madre se reía encantada de verlo tan con­tento y feliz; pero aun así tenía miedo de que se ilusionara demasiado por el asunto. Una vez, al salir de la habitación, la oí susurrar:
«¡Dios quiera que no se vea decepcionado! No sé cómo lo soportaría.»
Pero se vio decepcionado, y mucho. Nos cayó a todos como un rayo la noticia que el navío que transportaba nues­tra fortuna había naufragado y se había hundido con todo el cargamento, varios miembros de la tripulación y el mismo co­merciante desafortunado. Lo sentí por él; lo sentí por el de­rrumbe de todos los castillos que habíamos construido en el aire, pero con la elasticidad de la juventud no tardé en recu­perarme del golpe.
Aunque las riquezas tenían su encanto, la pobreza no ence­rraba ningún terror para una joven sin experiencia como yo. Es más, y a decir verdad, había algo vivificante en la idea de vernos en apuros y tener que depender de nuestros propios recursos. Yo hubiera querido que papá, mamá y Mary pensa­ran todos como yo, en cuyo caso, en lugar de lamentarse por las calamidades pasadas, pondríamos manos a la obra de bue­na gana para remediarlas; y cuanto mayores las dificultades y más duras las privaciones actuales, con más buen humor so­portaríamos éstas y con mayor vigor lucharíamos contra aquéllas.
Mary no se lamentaba, pero rumiaba continuamente la desgracia y se hundió en un estado de abatimiento del que ningún esfuerzo mío lograba sacarla. No había manera de ha­cerle ver el lado positivo de las cosas que veía yo; y de hecho yo tenía tanto miedo de que me acusara de frivolidad infantil o de necia insensibilidad que tuve buen cuidado de guardar para mí la mayoría de mis brillantes ideas y ocurrencias opti­mistas, pues sabía que no las iba a apreciar.
A mi madre lo único que le preocupaba era consolar a mi padre, pagar nuestras deudas y recortar nuestros gastos por to­dos los medios posibles; pero mi padre estaba totalmente abrumado por la calamidad: se le hundieron la salud, las fuer­zas y los ánimos con el golpe, y nunca volvió a recuperarlos. Fue en vano que mi madre intentase animarle apelando a su religiosidad, a su valor, a su cariño por ella y nosotras. Ese mismo cariño era su mayor tormento: por nosotras había de­seado tan ardientemente aumentar su fortuna; nuestro interés era lo que había llenado de tanto optimismo sus esperanzas y lo que ahora dotaba de tanta amargura su aflicción. Lo tortu­raban los remordimientos por no haber hecho caso de los consejos de mi madre, que le habrían librado por lo menos de la carga adicional de las deudas. Se reprochaba inútilmente por haberla sacado de la dignidad, la comodidad y el lujo de su posición anterior para que se afanara a su lado en las preo­cupaciones y las fatigas de la pobreza. Era una amargura y una mortificación para su alma ver a aquella espléndida mu­jer de talento, antaño tan adulada y admirada, convertida en ama de casa y administradora activa, con la cabeza y las ma­nos ocupadas continuamente con las labores del hogar y la economía doméstica. Su genial autotortura corrompía el buen humor con el que ella llevaba a cabo todas estas obliga­ciones, la alegría con la que soportaba los infortunios y la amabilidad que le impedía imputarle a él la más mínima culpa, hasta convertirlos en una agravación de su sufrimiento. Y de esta forma la mente le oprimía el cuerpo y le trastorna­ba el sistema nervioso, que a su vez le aumentaban las pertur­baciones de la mente, hasta que poco a poco se resintió gra­vemente su salud; y ninguna de nosotras logró convencerle de que nuestros asuntos no iban tan mal, que no estaban tan absolutamente desesperados como su mórbida imaginación los representaba.
Vendimos el útil faetón junto con el rollizo caballito bien alimentado: un favorito de todos que habíamos decidido vi­viría sus últimos años en paz y nunca pasaría a otras manos que las nuestras; arrendamos la pequeña cochera y el establo, despedimos al mozo y a la más eficiente (y la más cara) de las dos doncellas. A nuestra ropa la remendaban, le daban la vuelta y zurcían hasta el mismo borde de la decencia; nues­tros alimentos, siempre frugales, se simplificaron hasta un gra­do sin precedentes, con la excepción de los platos preferidos de mi padre; economizamos de manera dolorosa el carbón y las velas, siendo reducida la pareja de éstas a una, que se utili­zaba parcamente, y el carbón cuidadosamente administrado en el hogar medio vacío, especialmente cuando mi padre se hallaba ausente cumpliendo sus obligaciones parroquiales o confinado en la cama por enfermedad; entonces nos sentába­mos con los pies en el guardafuego, juntando de vez en cuan­do las ascuas agonizantes y echando cada tanto polvillo y fragmentos de carbón, simplemente para mantenerlas con vida. En cuanto a las alfombras, con el tiempo quedaron raí­das, con más parches y zurcidos incluso que nuestra ropa. Para ahorrarnos el sueldo de un jardinero, Mary y yo nos comprometimos a mantener ordenado el jardín; y todo lo que de cocina y labores de la casa no podía realizar con fa­cilidad una sola criada, lo hacían mi madre y mi hermana, con un poco de ayuda por mi parte de vez en cuando, pero sólo un poco, pues aunque yo ya me consideraba una mu­jer, ellas me veían como una niña. Mi madre, como la ma­yoría de las mujeres emprendedoras y activas, no se vio fa­vorecida con hijas muy activas; por este motivo, siendo ella tan lista y diligente, no se sentía tentada a delegar sus asun­tos sino al contrario, se encontraba dispuesta a actuar y a pensar por los demás y no sólo por sí misma; y fuera cual fuese el asunto que tenía entre manos, solía creer que nadie sabría hacerlo tan bien como ella, por lo que cuando yo me ofrecía a ayudarla, recibía una respuesta como: «No, queri­da, no puedes, de verdad. No hay nada que puedas hacer tú. Ve a ayudar a tu hermana, o dile que vaya a dar un paseo contigo -dile que no se pase tanto tiempo sentada ni se quede siempre en casa-, con razón está delgada y con as­pecto abatido.»
-Mary, dice mamá que te ayude, o que te diga que vengas a dar un paseo conmigo; dice que con razón estás delgada y con aspecto abatido, por estar siempre sentada dentro de casa.
-No puedes ayudarme, Agnes, ni yo puedo salir contigo, porque tengo demasiado que hacer.
-Entonces deja que te ayude.
-No puedes, de verdad, querida. Ve a practicar música o a jugar con la gatita.
Siempre había gran cantidad de costura que hacer, pero a mí no me habían enseñado a cortar ninguna prenda, y sabía hacer poco más que simples pespuntes o hilvanes, ya que am­bas sostenían que les era más fácil hacer el trabajo personal­mente que preparármelo a mí. Además preferían verme pro­seguir con mis estudios o divertirme; ya tendría tiempo de estar doblada sobre la labor como una solemne matrona cuando mi gatita preferida se convirtiera en una gata vieja y juiciosa. Bajo tales circunstancias, aunque era poco más útil que la gatita, mi ociosidad no estaba totalmente injustificada.
En toda la época de nuestros infortunios, sólo una vez oí a mi madre quejarse por nuestra falta de dinero. Poco antes de llegar el verano, comentó a Mary y a mí:
-Qué estupendo sería que vuestro padre pudiera pasar unas semanas en un balneario. Estoy convencida de que el aire del mar y el cambio de ambiente le harían un bien incal­culable. Pero, veréis, no hay dinero -añadió con un suspiro.
A las dos nos hubiese encantado que se pudiera hacer, y nos lamentamos mucho de que no fuera posible.
-Bien, pues -dijo-, no sirve de nada quejarse. Quizás podamos hacer algo para poner en práctica el proyecto des­pués de todo. Mary, eres una gran dibujante. ¿Qué te parece-
ría hacer unos cuantos nuevos dibujos con tu mejor estilo, y mandarlos enmarcar junto con las acuarelas que ya tienes he­chas, e intentar que se los quede algún generoso marchante con suficiente sentido para discernir sus méritos?
-Mamá, me encantaría, si crees que podrían venderse por una cantidad que valga la pena.
-Vale la pena intentarlo de todas formas, querida; tú haz los dibujos y yo procuraré encontrar a un comprador.
-Ojaláyo pudiese hacer algo -dije.
-¿Tú, Agnes? ¿Quién sabe? Tú también dibujas muy bien; si eliges una pieza sencilla como tema, estoy segura de que sabrás hacer algo que a todos nos enorgullecerá exhibir.
-Pero tengo otro proyecto en la cabeza, mamá, desde hace tiempo... aunque no quería mencionarlo.
-¿De veras? Dinos cuál es.
-Quisiera ser institutriz.
A mi madre se le escapó una exclamación de sorpresa, y luego se rió. A mi hermana se le cayó la labor con el asombro, y exclamó:
-¡Tú, institutriz, Agnes! ¿En qué estás pensando?
-Pues no veo que tenga nada de extraordinario. No pre­tendo ponerme a enseñar a muchachas mayores; pero creo que podría enseñar a unas pequeñas... y me gustaría tanto... me encantan los niños. ¡Déjame hacerlo, mamá!
-Pero, cariño, aún no has aprendido a cuidar de ti misma; y manejar a los niños pequeños requiere de más juicio y expe­riencia que a los mayores.
-Pero, mamá, tengo más de dieciocho años y soy total­mente capaz de cuidar de mí misma y de otros también. No sabes ni la mitad de la sabiduría y prudencia que poseo, por­que nunca me has puesto a prueba.
-Pero piensa -dijo Mary- en qué harás en una casa lle­na de extraños, sin que mamá o yo estemos para hablar y ac­tuar por ti... con un montón de niños, además de ti misma, para atender, y nadie que te pueda aconsejar. No sabrías ni qué ropa ponerte.
-Crees, porque siempre hago lo que me ordenas, que no tengo opinión propia; pero ponme a prueba -es lo único que pido-, y verás de lo que soy capaz.
En aquel momento entró mi padre y le explicamos el tema de nuestra conversación.
-¿Qué, mi pequeña Agnes institutriz? -gritó y, a pesar de su abatimiento, se rió ante la idea.
-Sí, papá, tú no digas nada en contra. Me encantaría ha­cerlo, y estoy segura de que me saldría muy bien.
-Pero, cariño, no podremos prescindir de ti -y brilló una lágrima en sus ojos cuando añadió-: ¡No, no!, por afli­gidos que estemos, no es posible que hayamos llegado a eso.
-¡Oh, no! -dijo mi madre-. No hace falta en absoluto dar semejante paso; no es más que un capricho suyo. Así que debes callarte, niña traviesa, pues aunque tú estés dispuesta a dejarnos a nosotros, sabes bien que nosotros no podemos se­pararnos de ti.
Me hicieron callar durante aquel día y muchos días des­pués, pero no renuncié del todo a mi plan predilecto. Mary preparó los materiales de dibujo y puso manos a la obra. Yo también preparé los míos; pero mientras dibujaba, pensaba en otras cosas.
¡Qué delicioso ser institutriz! Salir al mundo; emprender una nueva vida; actuar por mí misma; ejercitar mis facultades aún sin utilizar; poner a prueba mis fuerzas desconocidas; ga­nar mi propia manutención y algo que consolara y ayudara a mi padre, mi madre y mi hermana, además de librarles de te­ner que proporcionarme comida y ropa; enseñarle a papá de lo que era capaz su pequeña Agnes; convencer a mamá y a Mary de que no era exactamente el ser desvalido y atolondra­do que creían. Y además, ¡qué encantador que me encomen­daran el cuidado y la educación de unos niños! Dijeran lo que dijeran los demás, yo me sentía perfectamente capacita­da para la misión: el claro recuerdo de mis propios pensa­mientos y sentimientos de la primera infancia serían mejor guía que las instrucciones de un consejero más maduro. Sólo tenía que volver los ojos desde mis pequeños alumnos a mí misma a su edad para saber enseguida cómo hacerme con su confianza y afecto, cómo despertar la contrición de los descarriados y consolar a los afligidos, cómo hacer viable la Virtud, deseable la Educación y preciosa y comprensible la Religión.



¡Tarea encantadora,
enseñar a brotar las ideas jóvenes![1].



¡Dirigir las tiernas plantas y mirar desplegarse día a día sus botones! Influenciada por tantos alicientes, decidí perseverar, aunque el temor de disgustar a mi madre o de herir los senti­mientos de mi padre me impidieron sacar de nuevo el tema durante varios días. Finalmente, lo mencioné a mi madre en privado, y con alguna dificultad logré que prometiese ayudar­me en mi empeño. Luego conseguí el consentimiento reacio de mi padre y luego, aunque Mary todavía suspiraba con des­aprobación, mi querida madre comenzó a buscarme un puesto. Escribió a los familiares de mi padre y consultó los anuncios de los periódicos. Hacía tiempo que había dejado de comunicarse del todo con su propia familia; el intercam­bio formal de cartas de vez en cuando era lo único que los unía desde su boda, y nunca se le hubiera ocurrido acudir a ellos para un asunto de esta naturaleza. Pero el retiro de mis padres del mundo había sido tan completo y había durado tanto tiempo que pasaron muchas semanas antes de que en­contráramos un puesto adecuado. Por fin, para gran alegría mía, se decidió que me ocupase de la joven familia de una tal señora Bloomfield, a la que había conocido de joven mi ama­ble y estirada tía Grey, quien decía que era una señora muy simpática. Su marido era un comerciante retirado, que había ganado una bonita fortuna, pero a quien no podían persuadir de que pagase un sueldo mayor de veinticinco libras a la ins­titutriz de sus hijos. No obstante, yo prefería aceptarlo que re­nunciar al puesto, aunque mis padres tendían a considerar que esto último sería el mejor plan.
Pero aún tenía que dedicar unas semanas a los preparativos. ¡Qué largas y tediosas me parecieron aquellas semanas! Sin embargo, eran felices en la mayor parte, llenas de brillantes es­peranzas y ardientes expectativas. ¡Con qué extraño placer ayudé a hacer mi nueva ropa y luego a preparar los baúles!
Pero había una sensación de amargura mezclada en esta últi­ma ocupación, y cuando se acabó, cuando ya estaba todo pre­parado para mi partida al día siguiente y se acercaba la última noche en casa, una súbita angustia pareció llenarme el cora­zón. Mis seres queridos tenían un aspecto tan triste y habla­ban con tanta amabilidad que me costaba trabajo evitar derra­mar unas lágrimas, pero aun así fingí estar alegre. Había dado el último paseo con Mary por los páramos, la última vuelta por el jardín y por la casa; con ella había dado de comer por última vez a las palomas, animales preciosos a los que había­mos enseñado a comer en nuestras manos. Les había acaricia­do la espalda por última vez mientras se apiñaban en mi rega­zo. Había dado un tierno beso a mis favoritas, la pareja de colipavas blancas como la nieve; había tocado la última melodía en el viejo piano amigo y cantado para papá la últi­ma canción; esperaba que no fuera la última, pero sería la úl­tima en lo que me parecía a mí muchísimo tiempo; y quizás cuando volviese a hacer todas estas cosas, ya sería con otros sentimientos; puede que las circunstancias cambiaran y que esta casa no volviera a ser mi hogar nunca más.
Mi queridísima amiga, la gatita, cambiaría sin remedio; ya se estaba convirtiendo en una hermosa gata adulta; y cuando volviera, aunque fuese una apresurada visita en Navidades, lo más probable era que hubiera olvidado tanto a su compañera de juegos como sus alegres travesuras. Había retozado con ella por última vez; y cuando acaricié su brillante piel suave mientras ronroneaba dormitando en mi regazo, tuve un sen­timiento de tristeza que no pude disimular. Luego, a la hora de acostarnos, cuando me retiré con Mary a nuestro dormito­rio silencioso, donde ya mis cajones y mi parte de la librería estaban vacíos, y donde en adelante ella tendría que dormir sin compañía, en triste soledad, tal como ella lo expresaba, me pesaba el corazón más todavía. Sentí que había sido egoís­ta y mala al insistir en dejarla; y cuando me arrodillé una vez más junto a nuestra pequeña cama, pedí bendiciones para ella y mis padres con más fervor que nunca. Para disimular mi emoción, hundí la cara en las manos, y enseguida se mojaron de lágrimas. Al levantarme, me di cuenta de que ella también había llorado, pero no hablamos ninguna de las dos; en silencio nos tumbamos a descansar, juntándonos un poco más con la conciencia de que muy pronto habíamos de sepa­rarnos.
Pero la mañana trajo renovadas esperanzas y ánimos. Iba a marcharme temprano, para que el vehículo que me llevaba (una calesa alquilada al señor Smith, el mercero, especiero y mercader de té del lugar) pudiese regresar el mismo día. Me levanté, me lavé, me vestí, desayuné apresuradamente, recibí los cariñosos abrazos de mi padre, mi madre y mi hermana, besé a la gata, para gran escándalo de Sally, la criada, le estre­ché la mano a ésta, subí a la calesa, me tapé la cara con el velo y entonces, y ni un minuto antes, me deshice en lágrimas.
La calesa se alejó balanceándose, y miré atrás: mis queridas madre y hermana estaban aún en la puerta mirando cómo me marchaba y diciéndome adiós con la mano. Les devolví el sa­ludo y rogué a Dios con todo mi corazón que las bendijera. Bajamos la cuesta y ya no las vi más.
-Hace fresquito esta mañana, señorita Agnes -comentó Smith- y está oscuro también; pero quizás lleguemos a aquel lugar antes de que se ponga a llover con fuerza.
-Espero que sí -le respondí con toda la tranquilidad de la que fui capaz.
-Cayó un buen chaparrón anoche también.
-Sí.
-Pero quizás este viento frío mantendrá alejada la lluvia.
-Puede que sí.
Y aquí acabó nuestra conversación. Cruzamos el valle y co­menzamos a subir por la colina siguiente. Mientras la subía­mos, volví la vista atrás de nuevo: allí estaba la aguja de la igle­sia de la aldea, y más allá la vieja rectoría gris, iluminada con un rayo oblicuo de sol, un rayo débil, nada más, pero la aldea y las colinas que la rodeaban estaban todas en sombra y cele­bré esta luz fortuita como un buen augurio para mi hogar. Con las manos juntas, pedí fervorosamente una bendición para sus ocupantes, y volví la vista precipitadamente, pues vi que desaparecía la luz; y tuve cuidado de evitar mirar más por si lo veía envuelto en tinieblas como el resto del paisaje.




[1] Versos del poema «Spring» del libro The Seasons de James Thomson, poe­ta y dramaturgo de la primera mitad del siglo XVIII.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

EbookRecomendado: La Liebre y la tortuga ◙ Louisa M. Alcott

 

“La fiebre ciclí­stica, que habí­a llegado a Perryville, dominó durante todo el verano. Ahora el pueblo se parecí­a mucho a una laguna, antes tranquila, invadida por las zanquilargas chinches de agua, que cruzan la superficie en todas las di recciones. En efecto; ruedas de todas clases iban para aquí­ y para allá, espantando a los caballos, atropellando a los pequeños, y arrojando de cabeza a sus jinetes de la manera más entretenida.”

 

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¡a disfrutar de la lectura!

martes, 25 de noviembre de 2014

EbookRecomendado: Fantasmagoría de Lewis Carroll

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¡¡¡Qué lo disfrutes!!!

lunes, 17 de noviembre de 2014

EbookRecomendado: El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne)

"EL sol iba a desaparecer detrás de las colinas que limitaban el horizonte hacia el oeste. El tiempo era hermoso. Por el lado opuesto, algunas nubecillas reflejaban los últimos rayos, que no tardarían en extinguirse en las sombras del crepúsculo, de bastante duración en el grado 55 del hemisferio austral. En el momento que el disco solar mostraba solamente su parte superior, un cañonazo resonó a bordo del “aviso” Santa Fe, y el pabellón de la República Argentina flameó. En el mismo instante resplandecía una vivísima luz en la cúspide del faro construido a un tiro de fusil de la bahía de Elgor, en la que el Santa Fe había fondeado. Dos de los torreros del faro, los obreros agrupados en la playa, la tripulación reunida en la proa del barco, saludaron con grandes aclamaciones la primera luz encendida en aquella costa lejana. Otros dos cañonazos siguieron al primero, repercutidos por los ruidosos ecos de los alrededores. La bandera fue luego arriada, según el reglamento de los barcos de guerra, y el silencio se hizo en aquella Isla de los Estados, situada en el punto de concurrencia del Atlántico con el Pacifico. Los obreros embarcaron a bordo del Santa Fe, y no quedaron en tierra más que los tres torreros, uno de ellos de servicio en la cámara de cuarto. Los otros dos paseaban, charlando, a la orilla del mar."

lunes, 10 de noviembre de 2014

Noticias de Librodot

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